¿Qué nos ha construido como Antioquia? ¿Qué ha construido al antioqueño?
El pasado 23 de noviembre, los estudiantes del curso Antioquia: Historia y patrimonio. Colonización, parva y memoria tuvieron la posibilidad de sumergirse en la historia de la colonización antioqueña y en los procesos de expansión que dieron forma a eso que llamamos paisas. La sesión consistió en la visita a tres municipios claves en la historia del departamento, con la intención no solo de recorrer los caminos y entender cómo se gestó la idea de la pujanza, sino también de ver la participación de estos territorios en momentos clave como la Independencia.


En la parada en Marinilla conversamos sobre el papel de la mujer en la práctica y en el desarrollo de la identidad cultural, y cómo han sido pieza fundamental en el modelo familiar, en la expansión territorial y, en la misma medida, en el desarrollo de la gastronomía y la religiosidad. En el marco de la visita, los estudiantes desayunaron un desayuno tradicional campesino: arepas de mote con queso, estacas con guiso y chocolate, todo preparado en leña por las manos de una matrona tradicional, doña Margarita, quien heredó esta práctica de su madre, y esta a su vez de la suya, hasta que se pierde la cuenta.

Las estacas, una preparación de maíz capio, se cocinan, se envuelven en hojas de plátano, se vuelven a cocinar y se conservan por más de ocho días. Fueron un alimento fundamental para los arrieros, que empacaban muchas para trayectos de larga duración.
Las mujeres de la Independencia no pasaron por alto. Marinilla es conocida como la “Esparta colombiana” por su papel en la lucha independentista. Hablamos de Simona Duque, no para convertirla en una figura grandilocuente, sino para cuestionar qué representa en la construcción de identidad y qué implica su figura en el arquetipo de la mujer antioqueña. Una madre que entrega a siete de sus hijos para la causa de la Independencia y que, antes de morir, afirma que si la patria los necesita, deben volver a servir.

Los caminos nos llevaron también a hablar de religiosidad, fe y arquitectura. En la visita al santuario caminamos por el parque y seguimos conversando alrededor de la parva, la forma tradicional de nombrar el pan antioqueño, mientras comíamos un buñuelo con pan campesino. Un buñuelo distinto: hecho también con maíz capio, con queso campesino, y que mantiene una tradición de más de cien años.
Los estudiantes realizaron además una actividad en la plaza de mercado para cuestionarse sobre los alimentos y lo que ocurre alrededor de una plaza como espacio social y cultural.


Finalmente, en Granada, la visita estuvo atravesada por tres momentos específicos. El primero fue llegar a Tejipaz, el Café de la Memoria, un espacio dedicado a crear experiencias alrededor del café y a concientizar sobre lo desastroso que ha sido la violencia y lo más importante, la lucha del pueblo granadino en salir adelante y pasar la pagina del dolor, recordar, no olvidar y sanar para mejorar.
Granada fue un municipio duramente golpeado: desplazamiento forzado, reclutamiento infantil, violencia contra las mujeres, falsos positivos, carobomba, incluido el segundo más grande del país, con 400 kilos de explosivos.


Esto nos llevó al Salón del Nunca Más, un espacio administrado por mujeres que un día decidieron unirse para decirle a la guerra: no más. La experiencia fue profundamente emotiva y nos permitió reevaluar nuestro compromiso con la paz y la manera en que le servimos desde nuestra cotidianidad. Gracias al Salón, a Gloria y a quienes luchan por la paz día a día. Finalizamos con una experiencia alrededor del café en el Café de la Memoria.
Gracias a quienes hicieron este curso posible.



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